Santillana del Mar es una villa localizada en la costa occidental de Cantabria. Para llegar, avanzamos por la CA-131, dejando atrás Torrelavega y el desvío a la otra villa, la de Suances.
Origen
Su historia se alarga hasta la prehistoria. Como atestiguan sus mundialmente conocidas, Cuevas de Altamira (declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1985).
| Bisonte Zoo de Santillana |
Pero el origen de su nombre le llega más tarde. Es en la Alta Edad Media, cuando un asentamiento religioso ubicado en la zona, tiene el encargo de velar en su monasterio las reliquias de Santa Juliana de Bitinia (Santa Illana). De ahí, el nombre original de Villa de Sancta Illana, a la que posteriormente (ya en el siglo XIX) se le añade "de la Mar" (aunque contradictoriamente, nunca haya tenido el privilegio de ver el Cantábrico desde sus calles). Popularmente, es conocida como La Villa de las Tres Mentiras, debido a que ni es santa, ni es llana ni tiene mar.
La importancia de la villa como centro religioso, sigue ganando importancia a lo largo de los años, siendo en 1045, cuando recibe el monasterio su primer Fuero. Pasando este, de abadía a colegiata. Su importancia religiosa es tal, que incluso se incluye un ramal al Camino de Santiago de la costa, para poder visitar la villa.
Lo primero que nos llamará la atención de Santillana, es su peculiar hermetismo. Nos recuerda a una de esas oscuras atracciones de feria, donde solo accediendo a la atracción, puedes conocer los secretos que esconde.
Después de aparcar nuestro coche cerca del Museo Diocesano, nos situaremos frente al acceso principal al pueblo. Unas cadenas de hierro sirven para restringir el trafico rodado, actuando al mismo de "último aviso".
No hay vuelta atrás. Saltamos la cadena y nos encontramos con una villa que ha sabido dominar al tiempo. Si limpiásemos de nuestra retina, la tropa de turistas y algún que otro vehículo, bien podríamos estar paseando por la edad media.
Avanzamos por una calle adoquinada mientras los recios muros de la Casona el Solar y el Palacio de Caja Cantabria nos franquean a izquierda y derecha.
La villa se organiza en torno a dos calles. La denominada del Cantón, que encontraremos en nuestra bifurcación derecha, y la de Juan Infante que por la izquierda llega hasta la antigua Plaza del Mercado.
Avanzando por el Cantón, llegaremos a la Plaza del Abad Francisco Navarro. En su camino, Cantón nos ofrece un conjunto exquisito de casonas de los siglox XV y XVII
Descubriremos a cada paso, comercios, restaurantes y servicios adaptados al turismo.
Estar vigilantes en vuestro paseo, de los detalles en balcones, tiendas y soportales.
Mención aparte, la colección de escudos nobiliarios que ornamentan las fachadas de la villa.
En la transversal de la calle Jesús Otero localizamos la Casona de los Villa, o de los Hombrones. Construida a finales del siglo XVII, destaca su impresionante fachada. Con un escudo barroco que cita "Un buen morir es honra de la vida".
Para los amantes del morbo, una armadura hace de guardia en la entrada del Museo de la Tortura o de la Inquisición.
Y por fin, la Colegiata de Santa Justa. Uno de los monumentos románicos más representativos de Cantabria y declarada Monumento Nacional.
Continuamos nuestro recorrido por el lado este de la Plaza del Abad, acabando en la Plaza de las Arenas. Donde se encuentra el Palacio de Velarde.
Seguiremos disfrutando por las calles adyacentes a la colegiata, hasta volver por las Arenas. Momento para visitar el Claustro de la Colegiata.Valiosos capiteles románicos, muestran motivos decorativos, figurados, geométricos o vegetales.
Regresamos sobre nuestros pasos, esta vez por el ramal de calle Racial. No podemos irnos de Santillana, sin comprar alguno de los productos típicos que se nos ofrecen a pie de calle, o degustar un buen manjar en cualquiera de sus bares y restaurantes.
Al final de Racial, acabamos en la antigua Plaza del Mercado. Allí nos topamos con el Ayuntamiento, la Torre de Merino (también conocida como la Torrona) y la Torre de Don Borja. Donde balconadas de coloridas flores, dan un toque cromático a la plaza.
Vamos acabando nuestro recorrido vía Juan Infante.
Nuevamente se unifican los caminos. La villa nos arroja sin remedio fuera de sus entrañas. Cruzamos por segunda vez las cadenas de hierro, esta vez para volver a la civilización.
Me dejo en esta entrada un buen número de lugares por descubrir en el corazón de la villa.
Fuera de ella, recomiendo una visita a las Cuevas de Altamira, a su particular Zoológico y la playa de Ubiarco, única con una ermita incrustada en la roca.






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